A veces temo que me estalle el cerebro. Tengo miedo de que me suceda lo que a Cerati, que me suba tanto la presión en las neuronas que me tengan que abrir el cráneo para que no explote. De a ratos, temo que me pase; de a ratos temo que no.
Soy la persona que conozco que más pretende saber y que menos sabe en concreto. Soy el típico desertor, el compañero de curso del que todos en las reuniones preguntan qué será de su vida. Soy un espectro que pasa por el rabillo del ojo de la vida de mucha gente.

Sé que mi vida dista de estar terminada, pero recuerdo cuánta fe tenía depositada en mí de más chico. Creía que siendo inteligente,viniendo de buena familia y teniendo atractivo físico estaba condenado al éxito.
Durante la secundaria nunca fui a un profesor particular. Muchas cosas aprendía más rápido que los demás. En matemáticas, antes de los exámenes, un grupo de compañeros venía a casa para que les enseñara. Y generalmente resolvía los dos temas del examen porque cuando terminaba el mío, empezaba a hacer el de Farber, mi compañero de banco. Terminaba bastante pronto con los dos, y sacaba buenas notas (me acuerdo también que en la primaria competía con otro chico con quién se sacaba más 10s en matemáticas).
Por esos años me imaginaba dedicándome a la ciencia, la matemáticas o física. Debe de estar relacionado con eso que me anoté en la carrera de Arquitectura. Sin embargo, la carrera que empecé fue Filosofía, y la que terminé fue Periodismo. No sin antes empezar y dejar dos terciarios en el camino: Creativo Publicitario y Guía de Turismo. En total, me anoté en seis carreras en seis instituciones distintas, si agregamos a la lista que hace un año y medio me anoté para hacer la carrera de Chino en la Universidad de Chengdú, en China.
Abandoné todo, por una u otra excusa que me ponía. Abandoné todo menos periodismo, que hoy en día desearía haber abandonado
para dedicar esos cuatro años de mi vida a algo más enriquecedor. Y no fueron sólo las carreras lo que abandoné, con cada abandono desertaba ilusiones, imágenes creadas de un mundo paralelo que pudo haber sido. Fui desechando así posibles yo mismos, hasta quedar con lo que soy hoy, no más que una suma de no-seres, una persona interesante y abierta, pero mediocre.
Concurrí también a bastantes clases y cursos: talleres de escritura, de fotografía, de teatro, de yoga, de piano, de elongación, de bioenergética, de batería, de acrobacias aéreas, cursos de Barman, de Kabalá, de instalaciones eléctricas domiciliarias, de filosofía, de psicología, de literatura, entre otros. Esto sin contar la cantidad de cosas que aprendí por mi cuenta, en forma autodidacta. Además estudié con mayor o menor intensidad inglés, italiano, francés, portugués, alemán, hebreo y chino mandarín. Sé decir “hola”, “gracias” y otras cosas en al menos 22 idiomas.
Se dice que incluso las experiencias desafortunadas aportan su parte para el crecimiento interior. Yo no estoy del todo seguro. Ojalá pudiese concluir algo de lo que empecé, ojalá pudiese agarrar algo de lo que tengo y construir algo. Pero me refugio en la nostalgia -
¿qué hubiese sido de mí de haber seguido una de mis posibles vidas paralelas?- o en el escape hacia adelante -me encantaría empezar a estudiar historia ahora, por ejemplo-. El futuro y el pasado como refugio ante el presente, muy duro para enfrentar.
En la escuela y en la universidad uno busca acercarse a la nota “10″, la distancia con ese número es lo que diferencia a un buen alumno de uno malo. En China el 10 es la perfección y se representa como nuestro símbolo de sumatoria: “+”. Son los ejes cartesianos, la intersección entre el tiempo y el espacio, el aquí, el ahora. Qué fácil pueden asemejarse a dos paredes de una prisión que se cierran vertiginosamente, que lo obligan a uno a tener cintura para escapar, o a morir asfixiado.











